
Hay muchas cosas interesantes en “Versus” de Rodrigo García. Una de ellas es que no deja indiferente.
Es un trabajo que forma parte de una trayectoria, que se nos revuelve dentro cuando queremos encontrar un lugar predecible en el que recostarnos. No vamos a encontrarlo en su espectáculo, aunque podamos llegar a oír carcajadas en el patio de butacas. Desconfíen. Nos va a hacer trabajar. Nos va a resultar inútil tratar de meterlo en un molde y absurdo imprimirle una etiqueta.
No se ha privado de la ironía ni del humor para mantenernos en los asientos, sinceramente agradecidos por no estar viendo más de lo mismo, de lo de siempre, de lo de todos.
Cuando creíamos que estábamos disfrutando de un texto ligero y bien construido, nos empuja, nos sumerge hasta nuestras miserias, las lacras de nuestro tiempo. Y es así como seguimos las palabras pronunciadas por esos labios, y es así como seguimos sentados y hundiéndonos, hundiéndonos en un texto que se queda grabado detrás de los ojos.
Desconfíen. Cuando parece que sólo están hablando de los adoquines y las aceras, pónganse alerta, el suelo está a punto de abrirse bajo sus pies.
Si entráramos en ritmos, tiene partes desiguales, y el interés se mantiene en el espectador a ratos más y a ratos menos…
Hay algo de performance en su trabajo. Pero sobre todo hay una apuesta, un riesgo, un compromiso.
Hartos de leer y de escuchar a creadores que contradicen continuamente sus apasionantes teorías sobre el hecho teatral, sobre el precipicio en la escritura… con un trabajo completamente opuesto y manoseado, Rodrigo García parece ser plenamente consciente de en qué punto está y a dónde se dirige. No renuncia a sugerir, al vértigo, a posicionarse y a darse tiempos.
Ojalá no se hayan perdido una de las piezas más interesantes de la cartelera otoñal.






